LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

Como todas las prácticas de oración que están en el libro de las oraciones, también los Ejercicios espirituales tienen un espíritu paulino, según la devoción a Jesús Maestro. Los Ejercicios son la gran práctica anual; se han de hacer en una casa adecuada, en circunstancias y condiciones favorables, y se han de prolongar por varios días.

Significado de los Ejercicios espirituales. Los Ejercicios espirituales son un espacio de tiempo (tres, cinco, ocho, treinta días) dedicado a ejercitarse en actos de fe, de amor y de oración, para orientarnos y unirnos a Dios en orden a una vida más santa y al gozo del cielo.

Los Ejercicios espirituales se hacen unas veces con vistas a la conversión, otras para el perfeccionamiento, otras para el discernimiento vocacional, otras como preparación para la vida religiosa y sacerdotal. Pero su finalidad general es siempre la de conducir a una renovación integral en la práctica de la religión, tanto interior como exterior, en privado y en público. En efecto, se pretende santificar todo el hombre: mente, voluntad y corazón; según su propio estado, vocación o ambiente: por eso se ha de meditar dogma, moral y culto.

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Los Ejercicios espirituales se pueden dividir, por lo tanto, en tres partes:

En la primera, se reavivan y profundizan los principales fundamentos de la fe, como se contienen en el Credo, con el fin de llegar a pensar como Jesucristo (dogma).

En la segunda parte, se meditan los principios fundamentales de una recta vida humana, cristiana, consagrada y sacerdotal; los mandamientos y los consejos evangélicos, con el fin de intentar vivir como Jesucristo (moral).

En la tercera parte, el espíritu se injerta en Cristo con la oración en el sentido más amplio: «Tú, siendo olivo silvestre, fuiste injertado… e incorporado al olivo bueno» (Rom 11,17), recibiéndose de este modo la comunicación de vida y de fruto nuevo, que es el amor (culto).

Así se conseguirá el doble fruto de la purificación y la orientación plena de la vida en Cristo: «Para mí la vida es Cristo».

Equívocos a evitar. Sería un grave error reducir los Ejercicios espirituales a lecturas o a escuchar pláticas y hacer algunas oraciones; hace falta, sobre todo, reflexionar orando. Meditar, examinarse, trabajar y activarse interiormente para profundizar y aplicar; ejercitarse en actos de esperanza, de conversión, de deseo, de reparación, de ofrecimiento, de sumisión a Dios, de petición, de propósito, de oración, etc.

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No se trata ni de un estudio teórico, ni de lecturas para la cultura o la relajación; ni de un silencio desdeñoso u ocioso.

No se trata simplemente de abandonarse a la acción de la gracia; sino de activarse, de modo que se prepare el terreno a la semilla de Dios; de cooperar a su nacimiento y crecimiento; y de llevarlo a plena maduración, recordando en todo momento que somos colaboradores: «No es que por nosotros mismos estemos capacitados para apuntarnos algo, como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios» (2Cor 3,5). «Porque es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor» (Flp 2,13). Por lo tanto, hay que combinar adecuadamente oración y acción. Se han de poner en movimiento todas nuestras dimensiones, mente, corazón, fantasía, memoria, lengua, oído, ojos, etc.: todo el ser.

Se pueden hacer los Ejercicios sin charlas e incluso sin lecturas; pero jamás se pueden hacer sin este esfuerzo por nuestra parte. Su fruto será proporcional al recogimiento y a la orientación de nuestras energías espirituales y corporales a la finalidad de los Ejercicios, que cada cual debe concretar desde el principio. El gran protector de los Ejercicios espirituales, san Ignacio de Loyola, dice: «Será provechoso en la medida que el ejercitante se aparte de los amigos y conocidos y de toda preocupación terrena, retirándose a un lugar donde pueda permanecer lo más oculto posible». Palabras que coinciden con las

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del Maestro de los Ejercicios, Jesucristo: «Venid a un lugar retirado y descansad un poco».

¡Solos con Dios! Ni visitas, ni cartas, ni divagaciones de los sentidos, ni conversaciones entre amigos; sino soledad interior y exterior. El silencio es como el alma del recogimiento: Juge silentium cogit coelestia meditari (El silencio constante obliga a reflexionar acerca de las realidades del cielo). Es lo que da la posibilidad de hablar con Dios, de experimentar a Dios y de recibir los dones de Dios: en el silencio piadoso el espíritu se concentra sobre sí mismo, lo que le permitirá conocerse mejor y elevarse más fácilmente hacia Dios. Experimentará las seducciones de Dios, entablará íntimas conversaciones con él y rezará con san Agustín: «Que me conozca y que te conozca».

Tres frutos: la mente se concentrará más fácilmente en las verdades; el espíritu se preparará mejor para recibir la gracia; y la voluntad ordenará todo más fácilmente a la finalidad de los Ejercicios espirituales.

Un año de espiritualidad. Existe el año escolar, el año comercial, el año litúrgico, etc. Y hay también un año espiritual. Es el que va desde un curso de ejercicios al del año siguiente.

Así como para cada curso escolar el profesor se prepara un programa que irá desarrollando día a día y mes por mes, hasta completarlo del todo, así el ejercitante, durante el curso de Ejercicios, se prepara el trabajo espiritual interior y exterior de un año, siempre engarzado como parte del programa

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de la vida: la salvación en Cristo y en la Iglesia: «No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí». En esto consiste la perfección cristiana, consagrada y sacerdotal.

Es injertarse totalmente en Jesús Maestro, camino (voluntad), verdad (mente) y vida (sentimiento); más aún, llegar a la talla suprema de nuestra personalidad: yo, que pienso en Jesucristo; yo, que amo en Jesucristo; yo, que quiero en Jesucristo: o Cristo que piensa en mí, que ama en mí, que quiere en mí.

En la práctica. San Agustín indica con estas palabras cuál es el armazón de los Ejercicios y de su fruto: «El hombre es un caminante; el punto de partida es el pecado; la meta es Dios; el camino que conduce a él es Jesucristo». Ahora bien, el hombre es inteligencia, voluntad y sentimiento. Para pensar en Cristo es necesario meditar en las verdades que él predicó; para querer en Cristo se requiere contemplar su vida desde la encarnación hasta la glorificación; para amar en Cristo hemos de hacer nuestro su mismo corazón; eliminando cualquier otro amor y estableciendo en nosotros el doble amor de Jesucristo, al Padre y a los hombres.

Las meditaciones. Para renovar y elevar al hombre, los Ejercicios constan de tres partes: la primera, destinada a eliminar el error o la ignorancia con la meditación de las verdades reveladas; la segunda, destinada a eliminar las actitudes negativas con la

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meditación de los ejemplos y enseñanzas divinas; la tercera, destinada a eliminar el pecado y las ataduras humanas con la oración, en el sentido más amplio, y la meditación sobre los medios de gracia. De este modo tendremos ante nosotros el esquema de la religión en sus líneas fundamentales: dogma, moral y culto, y se recorrerá el camino que Dios ha establecido para llegar a él, un camino que es el Divino Maestro, verdad, camino y vida.

Los religiosos profesos, normalmente, cuanto más adelante están en la vida religiosa, tanto más han de poner el acento en el ejercicio de unión, por lo que la tercera parte, más que presentada en forma de charla o meditación volitiva sobre los temas propuestos, debería asumir la forma de contemplación activa de los misterios considerados, de manera que se participe en ellos con la mente, con el corazón y con la voluntad, con los sentidos externos e internos (UPS, I, 183-191).

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